Voy a empezar esta entrada con
una afirmación que costó mucho confirmármela a mi misma: ME GUSTAN LAS
MUJERES.
Sí, así es, así de claro. En
letras mayúsculas.
Me gustan las mujeres. Y esto me
ha costado toda mi vida reconocerlo.
Sabía que era diferente cuando
era una adolescente. ¿Qué pasaba? Me gustaba ese chico unos cuantos años mayor
que yo, pero también una chica que había conocido hacía unos días. Pensé que lo
que yo veía en la chica era amistad. Y esto se replicó en varias ocasiones, no
solo en la adolescencia, sino también en la temprana edad adulta.
El punto de inflexión vino cuando
me di cuenta, con 28 años ya, que no podía dejar de obviar algo que crecía más
y más en mi interior. Eso fue hace 3 años.
Recuerdo aquel verano, empecé a
buscar online,
a leer, a preguntar a un compañero de trabajo gay y a una chica lesbiana como se dieron
cuenta, como fue su primera vez, por sus miedos, por la reacción de la familia
y de los amigos, en definitiva, por sus experiencias personales.
Y entonces, sin buscarlo, sin
pensarlo y por pura casualidad, tuve mi primera experiencia con una mujer.
Divina experiencia. Fue lo más natural del mundo. Me dejé llevar por las
sensaciones.
Desde aquella noche hasta hoy han
pasado muchas cosas importantes para mí. Me defino como bisexual, he podido
aceptarme, he salido de todos los armarios (con los amigos, con la familia, con
mi padre, con los compañeros de trabajo), he tenido una relación (que me hizo
crecer en este aspecto, aceptarme, no sentirme avergonzada por lo que puedan
pensar otros), he marchado en un orgullo, he conocido a gente como yo y me he
aceptado. Todo un proceso que merece la pena.
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