Salida tardía de Pontevedra. Al disfrutar de la noche no se puede madrugar, pero también se agradece estar unas horas más en la cama y desayunar como reyes en el hotel. ¡Hoy no llueve! Como se agradece esto porque el día anterior llegamos diluviando. Ver Pontevedra de día y con la luz del sol es un placer. ¡Vaya ciudad más bonita! Andamos de nuevo por el casco antiguo y volvemos a ver las casas señoriales con sus balcones adornados con plantas y una fachada adornada con las caras de los dueños talladas en la piedra. Dejamos atrás la estatua de Valle-Inclán (dramaturgo español que me cautivó en el instituto con la obra teatral Luces de Bohemia) y el centenario cedro en una de las plazas. Cruzamos el río Lérez con un sol que calienta el alma pero las nubes empiezan a hacer acto de presencia... unos kilómetros más adelante volverá a llover.
El cansancio me persigue hoy. Entre que ya es el cuarto día de andar, que las ampollas salen y salen sin parar (a pesar de remedios como vaselina, pincharlas, betadine... aparece una por día) y el alcohol de la noche anterior, hoy estoy muy pero que muy cansada. La etapa de hoy no es difícil, no hay subidas extremas como el día anterior ni trozos difíciles. Andando llegamos a una zona boscosa por la que cruzamos la vía del tren, pero seguimos escuchando la autovía de fondo (algo que no me está gustando de este camino porque pensaba que sería más rural).
A mitad de camino tengo que parar porque estoy muy cansada y tengo la tensión baja. Me da un mareo y decido comer algo de dulce. La tónica del día va a ser esta. Tengo que comer o beber algo con azúcar. Menos mal que unos metros más adelante hay un bar como nos dicen Pedro, Jimmy y Ana por teléfono. Manuel y Juan están conmigo y les llaman para decir que estamos parados un momento. Nos aconsejan que andemos un poco más para llegar al bar y comer. ¡Bendición! Una Coca-Cola y un buen bocadillo me cargan de energía y me suben el ánimo. La gente del bar es muy maja. Como siempre nos cuentan las historias del resto de peregrinos y la de los vecinos. Hay una escultura de piedra en el jardín de la casa de enfrente que nos llama la atención. Se trata de una piedra cilíndrica que rueda. El dueño del bar nos dice que el coste de la escultura es de 60.000€, lo que me lleva a pensar que no entiendo nada de arte moderno porque no veo ni el gusto ni la inversión detrás de esto.
Seguimos el camino y andamos sin parar hasta llegar a unas cascadas, donde la lluvia ya ha vuelto a hacer acto de presencia. Las conversaciones del camino se hacen más profundas y compartimos momentos vividos con un denominador común. Me doy cuenta que todo el mundo pasa por malos momentos pero que surgimos de nuestras cenizas para afrontar la vida de nuevo.
El hambre aprieta y no hay ningún restaurante a la vista. Preguntamos a una mujer y nos dice que está cerca. ¿Cerca? ¡Será en coche porque andando tardamos más de 45 minutos en llegar! El restaurantes o mejor dicho, bar de carretera Casa Carote ofrece bocadillos y sopa del día. Un manjar para esta bocas que se encuentran salivando como el perro de Paulov ante el simple olor que sale de la cocina.
Recuperamos fuerzas en Casa Carote junto a nuestra amigas las inglesas que van más que contentas con el vino y el orujo que el dueño del bar ofrece sin parar, sintiéndose orgulloso de producción casera. Reiniciamos el camino para hacer 2km más para llegar a Caldas de Reis, con la barriga llena, los pies destrozados y pensando en una ducha reconfortadora. Menos mal que nos quedamos de nuevo en un hotel, reconvertido en hostal en el que tenemos habitación y ducha para nosotros 6. Según el resto de peregrinos en albergue de Caldas es el peor por ahora. Nosotros, nos organizamos bien para comprar la cena en el super de enfrente y disfrutar de unas largas horas de charla antes de ir a dormir de nuevo...

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